5 razones para cerrar tu negocio

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Cerrado

Siempre hablamos de crear empresas, de hacerlas crecer, de la ilusión por empezar un negocio y de cómo gestionarlo de forma eficiente. Si en embargo, las empresas son como seres vivos, nacen, crecen (a veces) se reproducen, y (antes o después) mueren. Desgraciadamente, en España, al cabo de cinco años la mitad de las empresas ha desaparecido y sólo una de cada mil empresas se convierte en centenaria.

Así que es necesario tratar también el tema del cierre de empresas. ¿Cuándo debemos cerrar un negocio? La primera respuesta que nos viene en mente es “cuando va mal”. Pero hay muchas maneras distintas de ir mal. Una empresa puede tener pérdidas y sin embargo estar en la senda de obtener beneficios en el futuro… y al revés. Por otra parte, a veces es más recomendable cerrar la empresa cuando “va bien” si somos capaces de prever que en el futuro no lo hará. Cerrar antes de que sea demasiado tarde puede hacer que la experiencia sea menos traumática y a evitar deudas y dramas personales.

Veamos pues 5 momentos en los que puede ser recomendable cerrar un negocio:

Pérdidas continuadas

Según el tamaño y la capitalización de la empresa, una situación de pérdidas se puede sostener más o menos tiempo, pero hay que tener en cuenta cuáles son las perspectivas de futuro para revertir esa situación. En una pequeña empresa o en el caso de los autónomos, 3 meses de pérdidas sin perspectivas de cambio en el horizonte pueden ser suficientes para echar el cierre. En cambio, es normal que start-ups tecnológicas sufran pérdidas durante los 3 o 4 primeros años hasta que logran escalar su modelo de negocio y producir beneficios. En las empresas de biotecnología este plazo es incluso mayor. En estos casos, el papel de los inversores, entendiendo las necesidades de financiación y maduración del proyecto, será clave para el éxito o el fracaso del mismo.

Falta de liquidez

No debe confundirse con el punto anterior. Una empresa puede tener pérdidas y tener liquidez (vía financiación) y otra puede no tenerlas (sobre el papel) y no tener liquidez: morosidad de los clientes, una capitalización o financiación insuficiente y, en general, desajustes en el flujo de generación de ingresos y el flujo de pago generarán tensiones de tesorería que puede llevar a la empresa al cierre.

Cambios inasumibles en el mercado

El mercado está en constante evolución: cambia la tecnología, aparecen nuevos competidores, cambian las preferencias de los clientes, la situación socioeconómica general también nos afecta… Hemos de estar siempre atentos al mercado. Si bajan nuestras ventas y aumentan nuestros stocks sin que sepamos porqué debemos preocuparmos. Si vemos que las tendencias del mercado cambian debemos ser capaces de valorar, de forma realista, si vamos a ser capaces de adaptarnos a los cambios. Si decidimos que sí, debemos ponernos manos a la obra lo más rápidamente posible. Si creemos que no vamos a ser capaces (porque ha cambiado el modelo de negocio, porque no tenemos capacidad de financiación o por el motivo que sea) lo mejor es cerrar, antes de que el mercado nos obligue a hacerlo.

Desavenencias entre socios

A menudo no tenemos en cuenta a las personas en el análisis de la situación de una empresa. Sin embargo, resultan fundamentales las características de los socios -y muy especialmente la calidad de sus relaciones- para el éxito o fracaso de la misma. Junto al plan económico-financiero y los balances de la empresa, quizás debiera imponerse algún tipo de análisis de compatibilidad de caracteres . Cuando los socios, además de capital, aportan trabajo, conocimientos, contactos o estrategia, han de estar muy compenetrados. Es lógico – y enriquecedor- que haya disparidad de opiniones e incluso discusiones más o menos acaloradas, pero cuando la visión sobre el negocio, o sobre el papel que juega cada uno de los socios en el proyecto son absolutamente divergentes, es mejor plantearse si conviene seguir con la empresa, al menos conjuntamente. En el mejor de los casos se llegará a un acuerdo para que, si el negocio funciona, alguno de los socios pueda continuar con la actividad y el resto de socios reciban la compensación adecuada.

Cuando tu empresa ya no te haga feliz

No olvidemos que ser empresario no es una obligación. Uno emprende porque tiene una idea y la quiere desarrollar, porque quiere mejorar su situación económica o profesional, porque quiere ser su propio jefe… en definitiva, uno emprende para ser más feliz. Es un trabajo duro, pero que provoca mucha satisfacción. El motor del emprendedor es la ilusión, el optimismo y el entusiasmo. Cuando estos se agotan, cuando el trabajo se convierte en obligación, cuando las dificultades se tornan en sufrimiento. En definitiva, cuando el proyecto no aumenta tu felicidad sino que la disminuye -cuando tu balance de felicidad es negativo- es mejor cerrar y dedicarse a otra cosa.

Nos resistimos muchas veces a cerrar porque no somos capaces de afrontar el fracaso, o no sabemos responder a la pregunta “¿y ahora qué haré?”. Sin embargo, si hemos sido valientes para emprender, debemos serlo para afrontar el fin de nuestro proyecto. Y recordar que del fracaso se aprende, que toda crisis encierra una oportunidad y que siempre estamos a tiempo de reinventarnos, emprender nuevos proyectos y ser felices de otra manera. Porque sí, al final, es de la felicidad de lo que se trata.